• Presentación LIbro Eva Levy
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Recientemente asistí a una conferencia organizada en Madrid por la nueva publicación digital Mujeres a Seguir con la eurodiputada Beatriz Becerra (ALDE), sobre la Alianza Europea de Mujeres contra la Radicalización (AWARE). Con ella, se reflexionó sobre la implicación de la mujer en el autodenominado Estado Islámico. Un tema interesante. Al menos yo –y no seré la única- me quedo muy afectada cada vez que una noticia pone de relieve la complicidad femenina en acciones terroristas en este o aquel país, de ese siniestro Estado. O cuando se desarticula alguna célula formada por mujeres jóvenes que captan a otras igualmente jóvenes por medio de las redes sociales como futuras novias de los combatientes. En todos o casi todos los casos se trata de europeas de toda la vida o de primera o cuarta generación.

Daesh será brutal, pero no bobo, y por ello hace un llamamiento a las personas, no a las instituciones, ni a los grandes organismos. Apela a la sociedad civil, que en los países desarrollados parece relegada a un segundo plano

En la conferencia salió a relucir la obra "Caliphettes". Las mujeres, objeto y sujeto de la llamada del Daesh (*), cuyos autores Haras Rafiq y Nikita Malik identifican cuatro promesas destinadas a implicar a las mujeres con el proyecto de construcción del califato: la emancipación, la liberación, la participación y la devoción. Cada uno de esos términos, por si mismo, resulta atractivo y lleno de contenido, pero al comparar la dignidad de su significado con la brutal realidad, la impresión es la de enfrentarse a una broma retorcida, la de haber entrado en un mundo paralelo, dominado por esa neolengua que, desde hace tiempo, parece invadir como hiedra venenosa el idioma, los conceptos y las decisiones finalmente. Porque estamos hablando no solamente de cosas que pasan allí lejos, entre gentes extrañas, sino también en esta Unión Europea desconcertada y vacilante que parece perdida en un confuso sueño. Y sin embargo enfrentada a grandes desafíos, siempre ha sabido sacar de sus entrañas culturales respuesta y reacción para defender valores básicos, esos que, a decir de cierto lord inglés (qué ironía en estos momentos), daban razones para vivir y en ocasiones también para morir.

Mi idea no es analizar aquí Caliphettes, sin embargo, sí que me gustaría resaltar una conclusión que extraje de su lectura y también de la conferencia: el Daesh será brutal, pero no bobo y por ello hace un llamamiento a las personas, no a las instituciones, ni a los grandes organismos. A las personas. Apela a esa menospreciada sociedad civil, que en los países desarrollados parece relegada a un segundo plano.

Pese a defender las tesis más retrogradas, de cometer atrocidades y olvidarse de cualquier principio humanista incluido en la carta magna de nuestra Unión amen de la Declaración Universal de Derechas Humanos, Daesh es capaz de cautivar los corazones de muchos europeos (¡y europeas!) y de motivar en otras reacciones que rayan a su vez la barbarie, el racismo y la ausencia absoluta de solidaridad. Son motivos de calado para echarse las manos a la cabeza y lamentarse, pero también para reflexionar y actuar.

Con demasiada frecuencia, en mi opinión, se supone que los radicalismos solo afectan a una difusa subclase de marginados, sea de inmigrantes (o sus hijos) inadaptados, de personas carentes de formación, de los nuevos pobres golpeados por la crisis y otros colectivos de dudosa definición. Aunque por desgracia sean buenos caladeros, me parece una forma ficticia y hasta cómoda de acotar a los seguidores de los radicalismos con el fin de simplificar el problema. Sin embargo, la realidad desborda estas descripciones y presenciamos cómo posiciones ultranacionalistas y xenófobas de nuevo cuño ganan fuerza a lo largo y ancho del continente y se abren paso través de todos los estratos socioeconómicos.

Existe desde hace tiempo, una repulsa creciente al europeísmo y al humanismo que se infiltra en todos los sectores de la sociedad y comienza a carcomer los cimientos de la construcción europea. Me resisto a unirme al coro de los que critican sin más a los políticos –en general- y a los responsables de las instituciones comunitarias en particular. Pero es cierto que se les ve afanados en el tejado del edificio, en proyectos de gran calado, en importantes declaraciones, qué duda cabe, pero absolutamente irrelevantes si no van acompañados de una comprensión y un respaldo popular amplio. Se puede y se debe combatir el radicalismo con políticas ambiciosas que atajen el paro, que devuelvan nuestras economías a la senda del crecimiento, pero conocernos y conocer a nuestro enemigo nos enseña que eso no basta. Hay que reconquistar los corazones de los europeos (y que el cinismo o el resquemor reinantes no me hagan sentir ingenua mientras escribo esta frase).

Es indispensable devolver la ilusión a la sociedad civil, hacerla partícipe del proyecto, responsable. Sin europeos convencidos Europa no será y lo que eso abriría es inquietante. Cuando menciono Europa, hablo de la Unión Europea, pero también de todo lo que representa y del humanismo que está en sus raíces por encima de los errores y tragedias del pasado. La libertad, el progreso social, la tolerancia, todo lo que hace posible una sociedad plural, solidaria, rica y enriquecedora no se puede construir desde los despachos, sobre todo porque no siempre quienes se sientan en ellos tienen bien presentes todos esos valores exclusivamente. Reducido todo a pura gestión de recursos, infraestructuras y normativas, la imagen de la UE se vuelve burocrática, despótica, incomprensible, muy lejos de los principios democráticos y generosos que la hicieron posible.

El distanciamiento entre la sociedad y la política es muy peligroso. Es fundamental crear espacios de participación y llevar a cabo iniciativas que acerquen los órganos de decisión a los votantes



El distanciamiento entre la sociedad y la política y el desprestigio institucional que vivimos es muy peligroso. Es fundamental crear espacios de participación, de debate, llevar a cabo iniciativas que acerquen los órganos de decisión a los votantes de modo que éstos comprendan mejor su funcionamiento y se identifiquen con ellos. Los políticos tienen que reforzar los canales de comunicación y liberarse de las formas estereotipadas de expresarse. En los tiempos que corren, toda decisión importante debería ser explicable en un formato divulgativo a través de internet y las redes sociales, pero sin obviar su complejidad, sin reducirlo todo a tentadores eslóganes con los que ganar un Brexit a contrapelo. Existen partidos e instituciones que han entendido esta necesidad, por las buenas o por las malas, pero también los ciudadanos tenemos que hacer un esfuerzo, tomar la palabra y participar de forma activa en cuantas plataformas podamos, sin aferrarnos al derrotismo en unos casos, o al pensamiento empaquetado que hace más digeribles las peores ideas. Las caliphettesson una terrible metáfora de cómo correr al desastre aferradas a la ira, al miedo, a la nada.

(*)https://www.quilliamfoundation.org/wp/wp-content/uploads/publications/free/caliphettes-spanish.pdf

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