Aprendices Perpetuos

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Marzo | 2013

He conocido por casualidad la existencia de un Campus Solidario, en la Universidad de La Rioja, donde unos cuantos profesores y alumnos imparten cursos apoyándose en internet. Muchas clases son de autoconocimiento y comunicación para reforzar la confianza de un público en situación difícil, de rudimentos económicos para reorganizarse o poner en marcha pequeños negocios. En el poco tiempo que llevan funcionando se han beneficiado adultos y jóvenes españoles, y de otros lugares, como sucede con grupos de mujeres iberoamericanas.

Es enseñanza no reglada, sin diploma final, aunque a muchos les ha impulsado a retomar estudios que mal dejaron hace tiempo. Es un punto de partida y de esperanza. We are what we become: somos aquello en que vamos deviniendo, aquello que vamos sumando y que no suele apreciarse en un currículo convencional. We are what we become. No se si existe un concepto similar en nuestro refranero, pero imagino la senda que muchas de esas personas comparten –los que ofrecen generosamente sus conocimientos y los que se esfuerzan al recibirlos- y que les llevará a transformarse en alguien mejor y más fuerte de lo que nunca imaginaron al ponerse en marcha.

Lo más útil para avanzar es querer hacer lo que haces

De poco sirve la formación académica sin habilidades

Soy especialmente sensible a esta iniciativa porque llevo tiempo dándole vueltas a lo que suponen los conocimientos en nuestro desempeño en la vida, tras una pregunta que me hicieron sobre mi “formación” y mi “especialización”, a la vista de mi interés por los asuntos de diversidad y promoción femenina, que no son en los que se centró en su día mi preparación.

Y me puse a pensar. Soy una auténtica fanática del reciclaje, pero ¿qué entiendo por ello? ¿Qué queda, por ejemplo, de mis estudios y de los idiomas aprendidos y no practicados necesariamente? ¿Qué podría hacer hoy con aquel marketing? ¿Qué tendría que ver en cualquier caso con mi presente? ¿Cuánto peso puedo atribuir en mi carrera a los estudios posteriores y a la experiencia directa, intensa, de la vida profesional? ¿Qué manual, qué curso, te da respuesta, sobre la marcha, a un problema urgente cuyas consecuencias, si te equivocas, serán desastrosas? ¿Puedes enmarcar en una pared lo que te enseñó un colega veterano, la idea fresca y brillante del becario joven que estaba de paso en tu equipo? ¿Dónde aprendes a rastrear una nueva tendencia importante para el negocio? ¿Y a elegir las lecturas? ¿Y qué decir de lo que te aportan los amigos de cualquier parte en cualquier momento?

Un día, voluntaria o involuntariamente, puedes verte dejando atrás el despacho que te importaba tanto para embarcarte en nuevos proyectos, sean personales o todavía de alguna repercusión social. Comprendes que cuentas con un gran bagaje si habías trabajado duro, pero se abre ante ti la necesidad de conseguir otro aprendizaje, rara vez obtenible en un aula –aunque haya opciones interesantes-, pero sí en intercambios, conversaciones, ejercicios de prueba y error, buenos libros de nuevo… Vuelves a descubrir que lo más útil para avanzar es querer lo que haces (la pasión nos sostiene), ser ambicioso, pero también estratégico para no perder el tiempo, siempre precioso.

Importa la formación académica, claro. Imposible despreciarla, pero, aunque haya quien no sepa verlo a la hora de valorar a los profesionales, de poco sirven carreras y masters sin nuestras habilidades humanas, nuestras motivaciones, la capacidad de renovarnos y reponernos sin desmayo ante los reveses que nos alejan de nuestras metas, viejas o nuevas.

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