El fondo del tonel

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Febrero | 2013

En la primera de sus cartas a Lucilio, una de las más bellas, Séneca denuncia indignado la incoherencia de los humanos. Nuestra única riqueza, dice, es el tiempo, y somos tan locos que, mientras luchamos para evitar que nos despojen de cosas a menudo insignificantes, aceptamos que nos quiten ese tiempo, que es lo que nos pertenece de verdad. Dejamos que nos lo roben, que nos lo utilicen para esto y lo otro y, eso, cuando no es nuestra propia desidia la que nos hace malgastar el breve espacio que constituye una vida. Los consejos del filósofo a su discípulo son los siguientes: entender que la muerte no es el punto final al horizonte de nuestra vida, sino el espacio de los años que hemos vivido y que jamás volveremos a vivir. Nos morimos todos los días, en cada momento, y por eso debemos abrazar cada hora que vivimos.

Lo que escribía el estoico romano hace más de dos mil años adquiere un valor aun mayor en nuestra época. Jamás, desde que existe la humanidad, se habrá visto tanta gente con tanta prisa y con tan poco tiempo para reflexionar sobre el sentido de su existencia, sobre lo que busca en realidad. Cuando organizamos nuestra agenda, nos transformamos en dioses, decidiendo, soberanos, lo que va a ser el futuro. Pero, al mismo tiempo, ese teléfono que no para día y noche, los mails por centenares, las mil y una solicitaciones del mundo virtual hacen que cada vez dependemos menos de nosotros. Embriagados de un sentimiento de libertad, porque creemos que tenemos la oportunidad de escoger entre un numero infinito de posibilidades, que son en su mayoría la misma cosa bajo diferentes y rutilantes presentaciones, nos diluimos, nos difractamos, abandonamos, sin darnos cuenta, todo control sobre nuestro tiempo, es decir, sobre nuestro ser, sobre nuestra vida. ¿Cuántas veces no escuchamos decir a gente perfectamente cuerda: “llevamos una vida de locos”?

Las profesionales se enfrentan a la famosa 'doble jornada'

Aprender a utilizar el tiempo debería aprenderse desde primaria

En una época en el cual se necesita formación hasta para realizar las tareas las más humildes, ¿quién nos entrena en el buen uso de nuestro tiempo? ¿Quién nos enseña a conseguir esa armonía tan difícil entre el tiempo que tenemos que dedicar a los otros y el que debemos guardar para nosotros? ¿Quién nos muestra cómo equilibrar la acción con una reflexión profunda, responsable, que vaya más allá del interés inmediato, o de lo que creemos que es el interés, inmediato?

Hay momentos, circunstancias en la vida en la que atisbamos que esa carrera frenética en la que nos embarcan (y nos embarcamos) no tiene sentido y que otra manera de actuación es posible. Hombres y mujeres compartimos este mismo problema, aunque, una vez más, hay matices diferenciadores. Los hombres se lanzan con la coartada legitimadora y no menos esclavizante, del éxito profesional. Las mujeres que aun figuran en el apartado de “sus labores” no tienen apenas derecho al tiempo propio. Las profesionales: qué podemos decir, todavía se enfrentan a la famosa “doble jornada” o doble derrota frente al reloj.

Pensar en el tiempo, aprender a utilizarlo (y disfrutarlo) con eficacia y concentración debería comenzar casi en primaria. Porque, aunque nunca es tarde para dar un volantazo en la vida, o al menos intentarlo, es peor empezar a interrogarse sobre el buen uso del tiempo cuando, como dice Séneca, nos quedan pocos años por delante o los vemos en peligro. Séneca anota con ironía que es entonces cuando en el fondo del tonel queda ya poco vino y no es el mejor.

IEn esto último, optimista como siempre, yo no estoy sin embargo de acuerdo con el maestro.

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