• Presentación LIbro Eva Levy
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Francia, lo sabemos todos, es la patria de los derechos humanos. Y si acaso lo olvidásemos, nuestros vecinos no tardarían ni un minuto en recordárnoslo. Pero qué extraño país donde es improbable, por no decir imposible, que una persona de color o de religión no-cristiana, concretamente judía o musulmana, pueda acceder en los próximos decenios a la presidencia de la Republica, heredera del prestigio de los reyes de Francia en virtud de la Constitución gaullista de la Quinta República.

Teóricamente, nada legal o técnico lo impide, pero es así, algo que se da como un principio de realidad histórica. A nuestra lista étnica y religiosa de imposibles hubiésemos podido añadir, hasta hace poco, el término mujer. Las cosas cambian sin embargo. Al menos en algún aspecto. Ahora sí, una mujer puede ser dentro de dos meses presidenta de la Republica francesa. Yo no afirmo que lo será. La última vez que tuve una certidumbre de ese tipo fue a propósito de Hilary Clinton. Me alegraba tanto de su elección –aunque fuese una política con luces y sombras- que envié dos semanas antes de los comicios un artículo para saludar tan importante evento. Evidentemente, el artículo jamás fue publicado.

Si las mujeres considerásemos como una victoria que una mujer sea elegida, por el mero hecho de ser una mujer, cualquiera que sea su programa y sus convicciones, ello equivaldría a establecer una discriminación de género en sentido inverso

Hoy no digo que Marine Le Pen vaya a ser la próxima presidenta del país vecino, pero nadie está en condiciones de considerar que se trate de una hipótesis absurda. Y no solo por el fenómeno Trump, sino porque se trata de una candidata que se asienta, de partida, sobre una base sólida, la más estable de todas las bases electorales actuales, consolidada por afinidades sociológicas, económicas y sobre todo ideológicas. Ahora bien, a la pregunta : "¿deberíamos alegrarnos de su posible éxito las que luchamos contra las discriminaciones de género? ". Mi respuesta un rotundo no.

Si las mujeres considerásemos como una victoria que una mujer sea elegida, por el mero hecho de ser una mujer, cualquiera que sea su programa y sus convicciones, ello equivaldría a establecer una discriminación de género en sentido inverso. No niego cualidades de líder a Marine Le Pen, ni que no haya hecho un notable esfuerzo para hacer aceptable a su partido, atenuando las ideas más monstruosas de su padre, con el que, según se dice ya no mantiene ningún contacto. Tampoco se puede negar que su vida personal sea la de una mujer independiente, que no ha dudado en divorciarse cuando ha querido, a pesar de haberse casado y de haber bautizado a sus hijas según el rito más tradicional. Tampoco se debe menospreciar la proeza que representa, aunque haya sido siempre "la fille de", el hecho de haber llegado a imponerse como líder indiscutible en el mundo de la extrema derecha francesa, tan profundamente machista. Y se debe añadir que su oposición a la ley sobre el matrimonio homosexual fue al menos de las más discretas, contrariamente a la que presentó su sobrina Marion, quien encarna para sus entusiastas seguidores las convicciones de lo que se podría llamar la extrema derecha de la extrema derecha. Entonces, ¿por qué no celebrar la victoria de una mujer que no carece ni de energía ni de valor? ¿No contribuiría esa victoria a socavar de manera llamativa el machismo que aún impera en la política?

En mi opinión, el combate por los derechos de la mujer y por su promoción en todos los espacios donde se encuentra discriminada no puede aislarse de otros combates por en defensa de los valores humanos. A pesar de sus cualidades personales, las ideas que promueve Marine Le Pen llevaran necesariamente a una regresión en la lucha por la igualdad de género. No es posible imaginar que la mujer, en este caso francesa, encuentre un clima favorable a su promoción en una sociedad que le tiene tanto miedo a todo lo que viene del exterior.

Cuando se considera la alteridad como un peligro, cuando se defienden ideales fundados sobre una tradición sexista, y cuando se proclama tan alto como es posible el rechazo del otro, cuando la misma idea de Europa se considera como una catástrofe de la cual es urgente salir, cuando se aboga por el retorno a las fronteras o el restablecimiento de una moneda no compartida con otros pueblos, seria utópico pensar que todo ese proceso de regresión no afecte al final a las que fueron las grandes conquistas de los últimos decenios en materia de libertades individuales y de género. Luchar contra los excesos de la Unión o contra una mal digerida multiculturalidad se puede considerar como algo legítimo y hasta noble, pero convertir esa lucha, como es el caso de Le Pen, en un eslogan destinado a transformar a su propia nación en una comunidad hermética me parece francamente absurdo, y en todo caso muy inquietante.

 

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